Por Antonio Marcos Vilacides

El día de la historia, como recordareis, lo vivimos casi por entero refugiados en la isla mayor de las Hormigas, en el interior del faro y a la espera de que sucediera un milagro.

Por una casualidad del destino que jamás olvidaremos, los padres de uno de los protagonistas de esta historia estaban pasando unos días de vacaciones en esa zona de Cabo de Palos (exactamente en la Manga del Mar Menor), afortunadamente para nosotros, ya que nunca podremos pagarles el favor tan grande que nos hicieron. Creedme que todo ésto es totalmente verídico, a pesar de que algunos después de escribir la primera parte comentaran ¡¡vaya historietas se inventa el Marcos!!.

Ya caída la tarde, los padres, preocupados sin tener noticia alguna del paradero de su hijo ni de sus amigos (aunque realmente no sabían dónde estaba), se fueron al puerto de Cabo de Palos y descubrieron atónitos que el coche de su hijo estaba allí aparcado, pero del “Narval” no había ni rastro, tan sólo su amarre.

Para aumentar su nerviosismo, llovía torrencialmente: Eolo y Poseidón se habían aliado y sus furias habían desencadenado un temporal de fuerza ni se sabe. El padre, cada vez más asustado viendo que se avecinaba la noche, fue a preguntar a la Guardia Civil, a la Cruz Roja del Mar y a todo el que pudiera darle alguna noticia del “Narval” y sus tripulantes. Las autoridades del puerto le comunicaron que no habían tenido ningún aviso de socorro durante todo el día y que la ayuda que pedía no podía llevarse a cabo debido al estado del mar, pues con esa situación ningún barco debía salir del puerto.

La alarma se extendió como la pólvora y el puerto entero se hizo eco de la preocupación, pues el padre de nuestro amigo preguntaba a pescadores y patrones que hubieran estado de travesía o faenando durante el día y nadie le daba ninguna noticia alentadora. El hombre, desconsolado después de pedir mil y una ayudas, se dirigió a un pescador y le ofreció una cantidad de dinero que jamás supimos (que debió de ser mucho), con la condición de que pusiera su barco rumbo a las Islas Hormigas en busca del “Narval” y de sus tripulantes. Las condiciones eran horribles pero en contra de la opinión de todos llegaron a un acuerdo y los dos salieron valientemente en nuestra busca.

Cuál sería nuestra sorpresa cuando vimos el barco acercándose hacia nosotros, que aún seguíamos en la isla. Nuestros gritos de alegría al verle tan próximo os los podéis imaginar, sin imaginarnos ni por lo más remoto que a bordo del mismo iba el padre de nuestro amigo; solo veíamos a dos personas y una de ellas nos decía que la aproximación era imposible. Les contestamos que no se preocupasen, que uno a uno iríamos nadando hacia ellos. Si recordáis del capítulo anterior la odisea que tuvimos que pasar desde el abandono del NARVAL hasta la toma de tierra, imaginaos ahora cuando, en sentido inverso y en peores condiciones, hicimos lo mismo. ¿Habéis visto la película “Papillon”? Pues lo que hace Steve McQueen para escapar es completamente cierto: entre la séptima y la novena ola hay una en calma. Justo en ésas nos íbamos tirando uno a uno y así hasta los cinco. Nada más subir nuestro amigo y su padre se reconocieron:

– Papá ¡¡qué alegría!!

Padre e hijo se fundieron en un abrazo que hoy por hoy seguro no han olvidado.

– Qué tarde más horrible hemos pasado tu madre y yo. Gracias a que este hombre -señalando al pescador, del que después de esta historia nos hicimos muy amigos y estuvimos mucho tiempo en contacto con él- ha accedido a ayudarnos. En el puerto está todo el mundo esperándonos. Ya saben que estáis bien, lo hemos comunicado por radio marítima al Práctico del puerto. Ya todos en el barco y después de los mil agradecimientos, besos, abrazos entre ellos y nosotros y por supuesto entre nosotros mismos, preguntamos:

– ¿Qué hay de nuestro Narval? Queremos que se venga con nosotros.

– No tengo ningún inconveniente en remolcarlo hasta el puerto -contestó el pescador- pero la aproximación al barco es peligrosa.

La solución que se nos ocurrió fue que uno de nosotros se tirara al agua y amarrado a un cabo fuera nadando hacia el Narval y así poder efectuar la maniobra de remolque.

Dicho y hecho, ¿quién se tira a este mar? Nos veíamos ya tan salvados y tan eufóricos que no hubo ningún problema en asumirlo: dos de nosotros al agua. Llegamos después de un esfuerzo grande a nuestro Narval, lo abordamos (con dos cojones, claro), amarramos el cabo que habíamos traído en la cornamusa de proa y levamos el ancla, que jamás olvidaré el trabajo que nos costó, realmente se había afianzado perfectamente en los fondos de las Hormigas.

La alegría del pescador y por supuesto del padre de nuestro amigo era indescriptible. La travesía hasta el puerto fue dura y larga, sobre todo para los que íbamos en el Narval, remolcado y con un oleaje de tal magnitud que a veces entre ola y ola no veíamos la parte más alta del pesquero. El cabo que nos unía se perdía entre las olas, parecía como si las cortara, pero nosotros íbamos bien agarrados y ya con la alegría de sabernos tan cerca de tierra nos gastábamos bromas entre barcos ¿y el hambre? ¡¡Ni nos habíamos percatado, mecachis!! pero ahora los jugos gástricos empezaron a hacer sonar nuestras barrigas y el hambre afloró ¡y de qué manera!

Al atravesar la bocana del puerto, ya en la noche, veíamos mucha gente en el muelle; bueno, nos recibieron como si fuéramos Robinsones: unos gritos, una algarabía, la alegría se veía tanto en sus caras como en las nuestras, sobre todo en la de nuestro amigo al ver a su madre. Atracó el pesquero y llevamos a remo al “Narval” a su punto de amarre. Ya habiendo puesto pie en tierra, hablamos con las autoridades y con la gente que se nos acercaba. Nosotros solo preguntábamos:

– ¿Dónde vive el farero?

– Mañana podréis hablar con él, ahora no está. Ha tenido que hacer una gestión en Murcia -nos decían, y luego, sorprendidos, preguntaban- Pero, con lo que habéis pasado ¿qué prisa tenéis?

Si supieran cómo habíamos dejado la puerta del faro entenderían nuestra preocupación…

– Bueno, pues vale, mañana hablamos con el farero.

– Venga dejadles ya, que están cansados y con mucha hambre ¿a que sí? Vamos al apartamento que os voy a preparar de cenar – interrumpió la madre de nuestro amigo.

Han pasado un montón de años y todavía recuerdo la cena. La mujer improvisó con lo que tenía, después del susto lo que deseaba era tener cerca a su hijo (y por supuesto también a sus amigos) en un lugar suyo y controlado por ella. ¡¡Qué huevos fritos con lomo y patatas!! ¡¡Riquísimos!! Todos en torno a una mesa llena de alegría y contando nuestras vicisitudes y las de ellos (que tampoco fueron pocas). Después de esa cena tan agradable, la relajación era total y el cansancio empezó a hacer mella en todos nosotros; después de unos cuantos bostezos, caídas de cabeza y mil estiramientos decidimos irnos a la cama, con lo que dimos por concluido el día, con la única preocupación de qué pasaría a la mañana siguiente cuando le contásemos al farero lo que había sucedido.

Al día siguiente amanecimos contentos, pero nos preguntábamos continuamente:

– ¿Qué creéis que pasará? ¿Nos denunciarán?

– Joder, estábamos en peligro, coño, cualquiera hubiera hecho lo mismo.

– La verdad es que si no hubiera sido por tus padres a estas horas todavía seríamos náufragos.

– Vaya día de p.m. que ha amanecido, con lo malo que hizo ayer. El mar está como un plato… oye, ¿cuánto pensáis que nos cobrarán por la puerta?

Bueno, cuando contemos todo ésto no se lo van a creer…

– Lo que no se van a creer es cómo llorabas tú, marica.

– Tu decisión fue perfecta, sobre todo cuando se te ocurrió largar todo el cabo del ancla. Vaya sorpresa cuando vimos que el Narval había anclado.

– Fue un milagro, sino seguro que lo habríamos perdido.

Y así íbamos hablando hasta que nos vimos en la casa del farero, y con él frente a frente:

– Bueno, por lo que me han contado habéis sido náufragos de verdad por unas largas horas en el faro de la Hormiga. Además me ha dicho la Guardia Civil que teníais mucho interés en hablar conmigo ¿todo lo que me han contado es cierto o no?

– Sí, pero lo que no sabe nadie es que la puerta del faro la tuvimos que forzar con nuestros cuchillos de buceo para poder pasar a su interior y se ha quedado bastante deteriorada. Nosotros asumimos lo que usted considere conveniente.

El farero se calló, reflexionó y nos dijo:

– Ayer, contemplando la fuerza del temporal desde el faro de Cabo de Palos – que es donde él y su familia vivian- observé que el faro de la Hormiga se encendía y se apagaba, pero aunque eso pasa siempre que hay tormenta fuerte, lo que no lograba entender era la cadencia. -Entonces nos explicó cómo funcionaba el faro- Veréis, unos acumuladores que cada cierto tiempo revisamos – empezó a contarnos- se encienden en función de una célula fotoeléctrica que actúa según la cantidad de luz.

Nuestro patrón sin más nos miró y a continuación dijo:

– Señor farero, esa cadencia que usted no entendía era porque nosotros la habíamos variado a través del movimiento sistemático que tiene el faro. Con ello intentábamos hacer señales de S.O.S. para que algún barco o alguien desde la costa se diera cuenta de que estábamos necesitando ayuda, pero no se preocupe que lo hemos dejado tal y como estaba.

Al farero se le veía un buen hombre, apacible y tremendamente amable. Tras invitarnos a su casa nos aconsejó que no saliéramos a bucear cuando el mar estuviera en un estado como el que habíamos vivido el día anterior, y estuvimos charlando hasta que nos dijo:

– Bien, yo hasta esta noche no podré saber si el faro sigue con su cadencia reglamentada, que como sabéis es diferente para cada faro. Con respecto a la puerta, no os preocupéis. De cualquier manera si no tenéis inconveniente dejadme un DNI y un teléfono, por si acaso.

Nos despedimos de él agradeciéndole su tolerancia y comprensión, dándole todo lo que nos pedía, aparte de un fuerte apretón de manos y por supuesto, muchas gracias. Después de haber pasado tanto tiempo jamás hemos vuelto a tener noticia alguna del farero, de la Guardia Civil ni de la Cruz Roja del Mar, así que afortunadamente no tuvimos que pagar ningún destrozo.

A continuación nos fuimos al puerto a visitar a nuestro “Narval”, allí en su punto de amarre:

– ¿Creéis que le pasará algo al motor?

– Intenta arrancarlo.

– Tíos ¡¡a la primera!!

Nuestro “Narval” era así…

También deciros que volvimos en el “Narval” al faro de la Hormiga después de algún tiempo, y la puerta de madera había desaparecido para convertirse en una de hierro difícilmente franqueable. Espero que nadie tenga la misma necesidad de refugio que nosotros; fue un auténtico alivio poder acceder al interior del faro y hoy sería realmente difícil.

La historia debería acabar aquí, pero todos los que me conozcáis seguro que habréis notado que, en cuanto me arranco a hablar, me cuesta un poquito terminar, así que…

Qué o quién era BELFEGOR: Algunos recordareis allá por los años 70 una serie que tuvo mucho éxito en la única cadena de televisión que teníamos sobre el fantasma del Louvre: Pues a ese fantasma nos lo encontramos en la inmersión de nuestro naufragio. Como a -25 metros de pronto uno de los tres que estábamos en la inmersión señalizó algo que se suspendía en las turbias y oscuras aguas que ese día había en las Hormigas. Era una gran cabeza con un manto gigante, y los tres nos quedamos estupefactos y por supuesto con ganas de saber qué era eso. Nos acercamos lentamente y descubrimos que era una red enganchada en los fondos con cantidad de vida adherida a ella, y en su interior había una boya que sostenía el manto como si fuera un auténtico fantasma, y desde ese momento bautizamos la inmersión con el nombre de Belfegor

Hoy después de tanto tiempo no sé si seguirá existiendo, y además es difícil averiguarlo pues toda esa zona la han protegido de pesca y buzos convirtiéndola en la reserva del Parque Natural de las Islas Hormigas. Así que si alguien quisiera ver a nuestro Belfegor, hoy sería extremadamente difícil, pues aunque han levantado un poco la mano sobre la restricción de buceo en las Hormigas, en ese lugar en concreto no se puede bucear de ninguna manera.

El único lugar en el que se puede bucear de la reserva es en el famoso Bajo de Fuera, la última cumbre (a -7 metros de la superficie y con una ladera de -60 metros) submarina de la cordillera de las Hormigas (os pasaré la carta en la que aparece todo el sistema de las Hormigas). Es un lugar estratégico en todas las cartas marítimas del Mediterráneo y famoso por sus fondos preciosos y por la cantidad de naufragios que ocasionó, el más importante el del gran barco encallado allí, el SIRIUS, ya os contaré…

Nuestro barco, EL NARVAL: El Club Narval siempre ha sido y es diferente y, por supuesto, ejemplar en todo. Vaya, hasta con barco propio construido por socios del club y con amarre en el puerto de Cabo de Palos, aunque hoy solo quedan sus restos en el fondo del mar, el lugar donde debe descansar cualquier barco que se precie.

Nos movía el amor por el buceo y poder ser totalmente autosuficientes: ya teníamos botellas, reguladores, compresor… en definitiva, equipos completos nuestros, solo nos faltaba una cosa: nuestro propio barco.

Así que ¡¡manos a la obra!! Pelas, pocas; pero ideas, muchas. Con un casco que consiguiéramos el resto lo montábamos nosotros, uno con unos 6 metros de eslora y como 2 metros de manga sería el ideal. En breve ya era nuestro, y el siguiente problema era encontrar dónde trabajaríamos; uno de los socios tenía una nave en el pueblo de Vallecas: un astillero perfecto para construir los asientos, bordas, suelo, mascarón de proa, ancla, cornamusas, defensas, compartimentos estancos, tambucho, motor, bomba de achique, emisora y antena en un mástil iluminado con nuestra bandera del NARVAL, que como sabéis es la Alfa con nuestro Narval cruzado.

En seis meses el casco se había convertido en un gran barco de buceo al que no le faltaba de nada… bien, lo siguiente era pensar dónde lo botábamos. Por esos entonces nuestro lugar favorito era Cabo de Palos, y para llegar a sus fondos se necesitaba un barco. Los más antiguos recordareis que no había estaciones de buceo y la oportunidad de bucear estaba en que te cargara las botellas el hotel Cavanna o un marino que tenía un compresor en el Tomás Maestre, así que fue fácil decidir cuál sería el puerto del Mediterráneo donde botaríamos el NARVAL… ¿recordáis la casa grande de los Belones? ¡Qué habrá sido de ella!

En Narval, el acratismo siempre nos ha encantado y sucedió que aunque el NARVAL ya era un hecho, de todas las formalidades, documentos, papeles permisos, etc., que necesitábamos nosotros no teníamos ninguno. Sobre todo nos faltaba uno que era fundamental para hacer el traslado al mar y que no era posible conseguirlo por el costo económico que suponía y por otras cosas que ya vagamente recuerdo. Así pues: ¡¡La imaginación al poder!! ¿por qué carreteras podríamos ir para que la Guardia Civil no nos pillara?. Puff, por la comarcal ésta, luego la otra y después la de más allá y muchas, muchas más, siempre sin tocar la carretera nacional.

Al final logramos llegar a Cabo de Palos y efectuar una botadura ¡¡que me río yo la del “Queen Mary”!!: fiesta por todo lo alto, sin faltar el consabido rito de la botella de Champán rota en la proa del barco… nuestro NARVAL.

Por esos entonces en el puerto de Cabo de Palos no había problemas en conseguir un amarre, pedimos el permiso y nos concedieron un punto que lo mantuvimos mucho tiempo con un coste irrisorio, hasta que se construyó el puerto que hoy conocéis todos en el que nos asignaron un embarcadero de p.m.

El NARVAL estaba a disposición de cualquier socio que tuviera el permiso oficial para poder manejarlo. Se hicieron muchas salidas a las Hormigas, tantas que uno de nuestros socios y antiguo presidente del Club llegó a topografiar toda la cordillera sumergida de las Hormigas con los mejores fondos y puntos de interés (como por ejemplo nuestro Belfegor), mapa que puso a disposición de todos los socios que les interesara bucear en esa zona.

Las inmersiones en Hormigas siempre han sido muy buenas pero también tenías que ser un buen buceador para disfrutar de la Mar tan dura que habitualmente reinaba por esos fondos. En principio a todos nos gustaba vivir esas inmersiones, pero con el tiempo nos fuimos haciendo más cómodos y por otra parte estaba la limitación de siempre bucear en la misma zona. Ocurrió que el barco ya no se utilizaba pues las salidas a las Hormigas cada vez eran más escasas. Se planteó un duro debate en el Club en el que finalmente se tomó la decisión de desprendernos del Narval, con la consiguiente pérdida del punto de amarre. Hoy algunos nos preguntamos ¿y si hubiéramos sabido el valor que han adquirido los amarres de un puerto tan importante como el Cabo de Palos?. Pero eso ya es historia…

Le pusimos un precio al compresor y otro a nuestro Narval. Se empezó a correr la voz de la venta de ambos y en poco tiempo vendimos dos cosas que habíamos conseguido con mucho esfuerzo: una con pelas y rateando y la otra con un trabajo del carajo y sobre todo con una ilusión que hoy todavía recordamos.

El compresor se vendió a un grupo de socios, nuestros Bomberos, que por otra parte eran los que se encargaban siempre de su reparación y que hoy por hoy todavía lo mantienen, y no sé si les dimos lo suficiente las gracias.

Mientras el Narval se vendió a una estación de buceo de unos amigos que estaban empezando a establecerse en Altea. El CBM es hoy una gran estación que se llama Celacanto (donde muchos de los socios antiguos descubrieron por primera vez las maravillas del mar en el examen de su curso de buceo).

Allí lo estuvieron explotando hasta que, ya por su deterioro con el pasar de los años, decidieron hundirlo en los bajos que ya todos sabéis (y si no, releeros “Naufragio I”) para que con el tiempo sirva de pecio y anidero de especies marinas.

Hoy ya no podemos visitarlo, pues con el pasar del tiempo y los temporales que ha sufrido no quedan ni restos de nuestro Narval ¡qué mejor final para un gran barco que la mar se lo haya tragado por completo! Nuestros amigos de Celacanto, como recuerdo al barco, compraron otro al que bautizaron también con el nombre de Narval y para nosotros es un placer cuando vamos a bucear hoy por allí seguir encontrándonos con un barco que se llama así.

Para terminar, deciros que cada verano, en una terraza de Cercedilla con el ruido de los surtidores de riego y el sonido del agua llenando la piscina, me dan las tantas de la madrugada sin ganas de irme a la cama y gozando de los recuerdos e historias de un gran club: ¡¡mi Club Narval!!, y me encantaría que todos los socios opinaran como yo y dijeran “Mi Club” con el orgullo que yo siento.

Esta historia (completamente verídica) se la dedico a mucha gente, en especial a una gran señora que fue mi abuela, la mujer que más me ha querido, ANTONIA PARRA PERIÑAN, GRACIAS.

 

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