Crónica 24 horas (20 de agosto del 2018)

El pasado 20 de agosto tuve la suerte de asistir a lo que creo podría ser una de

El pasado 20 de agosto tuve la suerte de asistir a lo que creo podría ser una de las Narvaladas más bonitas… hablo del 24 horas. Y solamente quienes lo conocen podrían juzgarlo.  Porque es un regalo experimentar tantas sensaciones en tan corto periodo de tiempo, porque lo que allí sucede es más que buceo, porque rebosa vida, porque existe y no…

Se concentra como las buenas esencias, y en solo 24 horas, si, solamente 24 horas de una vida… viajamos hasta Calabardina donde nada más poner un pie fuera del coche, el gran Diego y los suyos te reciben como te mereces… a ‘voces’… te enfundas el traje autorizado y saltas al mundo del silencio. Nunca menos romántico que el anterior…  Allí montones de pulpos, una liebre de mar y algunos peces y ermitaños, dieron fe de nuestro paso. Después, una buena cena deseada como si fuera la última, hace que las expectativas sobre lo que viene sean complicadas de superar. Y de nuevo sorpresa, una preciosa cala serena y salvaje nos esperaba para mecernos en sus brazos. El sonido acompasado de las olas, la luna, millones de estrellas como testigos y allí, nosotros, Narval. Los primeros rayos de sol, la mar, tranquila igual que cuando la dejamos, y aquel dulce despertar están todavía presentes en mi mente… Y de nuevo, tras el desayuno y la foto, saltamos una vez más al mundo del silencio. Fue una inmersión sublime y tras ella, cañas, risas, anécdotas y el esperado festín de clausura. 24 horas que sin duda enamoran el cuerpo y el alma. Como alguien dijo una vez… enamorarse del 24 horas es muy fácil.

Gracias a los que de alguna manera hacen posible esta experiencia. Y gratitud especial a los que allí compartimos esas maravillosas 24 horas que comenzaron un 20 de agosto, a las 4 de la tarde: Ana, Antonio Marcos, Antonio Pérez, Jaime, María, Mariano, Marta, Miguel y Vicente. A todos, gracias.

Y a aquellos que tal vez lean esta crónica y que todavía no hayan buceado les diré que amo la música, pero todavía no he descubierto una mejor que la del silencio del océano.

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